Pregón de Semana Santa 2008

¡Exsultet iam angelica turba caelorum!

¡Haec dies quam fecit Dominus: exsultemus et laetemur en ea!

Buenas Noches.

¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Exulte el coro de los ángeles, éste es el día que ha hecho el Señor: regocijémonos y exultemos de alegría.

He querido iniciar este pregón, que me honro en pronunciar, con estas palabras de gozo, para recordaros a todos la inmensa alegría que debemos sentir por que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene poder sobre él, también para nosotros, como para cada bautizado, en esa noche la muerte cede el paso a la vida, el pecado es borrado y se inicia una existencia totalmente nueva.

De todas las semanas del año, considero que para los cristianos la más importante sin duda es la de Semana Santa, por los acontecimientos que conmemoramos en la liturgia, renovándose la Iglesia a sí misma al conmemorar año tras año la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Como digo, es la más importante aunque no la única, pues considero que debemos crecer en Cristo todos los días del año y no sólo en unas fechas determinadas. ¿Cuántas veces, impactados por la liturgia o por las procesiones, nos adentramos en un clima penitencial en el que nos comprometemos a mejorar nuestras vidas y la de cuantos aparecen en nuestro entorno? Y sin embargo, pasado el gozoso fervor ¿por cuánto tiempo mantenemos viva esa comprometida llama?

En la persona de Pedro debemos reflexionar acerca de nuestra actitud, ofreciéndonos sin condiciones, acordándonos de aquella simiente que crecía, pero que sin raíz se secó tan pronto como brotó. El Mesías padecerá por nosotros en los días santos de la pasión salvadora. Unámonos en la acción de gracia de San Agustín por la feliz culpa que mereció tal Salvador.

Heme ante vosotros para hablaros de todo aquello que ya sabéis, no habiendo tenido un papel destacado en la Semana Santa caputbovense, siendo, tal vez, mi único bagaje el ser cofrade casi desde mi infancia y por fervor de mi padre, de la hermandad de Jesús en la Oración del Huerto, por lo que sinceramente no sé si merezco estar aquí. Dicho esto, os solicito vuestro permiso para una interpretación posterior, muy personal, sobre las fechas que celebraremos. Sin olvidar la Pasión y su significado, para mí la Semana Santa es gozo, alegría y esperanza. Recién estrenado el mes, marzo nos susurra tímidamente con el perfume de las flores primaverales, con los aires de la sierra que acarician nuestro olivar, acercándonos los aromas de tomillo y de poleo.

Una época en la que preparamos nuestro pueblo con celebraciones en Hermandad, actos religiosos y procesiones, vividos y sentidos con intensidad, enraizados en nuestras costumbres y tradiciones, transformando a Cabeza del Buey en la Jerusalén de otros tiempos para recordar los momentos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, de ahí que no haya ningún pueblo que, al igual que el nuestro, no tenga un Nazareno, un Amarrado o una Dolorosa, que cambian la cadencia rutinaria y monótona de nuestras calles por la vida de penitencia y de meditación, envueltas por el sobrecogedor sonido de nuestras bandas de cornetas y tambores, acompasadas en ocasiones, con la voz aterciopelada de los saeteros.

En Cabeza del Buey vivimos y festejamos de una manera muy especial, principalmente los días de Miércoles, Jueves, Viernes Santo y Domingo de Resurrección, plasmando nuestro sentimiento en los desfiles procesionales que discurren por nuestras calles y plazas (Convento, Parral, Humilladero, Amargura…) donde nos reencontramos los que aquí vivimos con los familiares, amigos y aquellos hijos de este pueblo que un día tuvieron que dejarnos en busca de un futuro mejor, mezclando nuestros sobrecogidos murmullos con el ejemplo de silenciosa entrega, esfuerzo, compromiso y fatiga de los costaleros, quienes, no pidiendo nada a cambio y robándole tiempo a sus familias y a sus trabajos, ansían llamar a las puertas del cielo en cada levantá.

Antes de participaros mi interpretación sobre estos días, quisiera ofreceros el comentario de la monja benedictina Aemiliana Lóhr, quien en una bella fábula describe estas fechas del año. Las compara con un navío entrando en el puerto después de un largo viaje, es una imagen de paz, las semanas de esfuerzo y tensión han concluido. La Iglesia es como esa embarcación. La Cuaresma ha sido un largo viaje, tiempo de trabajo y disciplina, pero después, en la Semana Santa, el barco entra en el puerto, llegando el momento de descansar en la pasión de Cristo. A veces puede que no sea fácil sacar tiempo para dedicar a Dios, tan enfrascados como andamos en nuestros propios asuntos, ¿acaso sus enseñanzas no deberían formar parte de nuestros propios asuntos? ¿o sencillamente nos conformamos con sabernos en el pensamiento del amor de Dios? Porque tanto ha amado Dios al mundo, que le ha dado a su Hijo unigénito. Toda la Pasión fue motivada por amor, el amor de Dios hecho visible en Cristo. Una vez más, es Juan quien nos habla de un amor sin límites, esto es, el misterio de Jesús que habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Han pasado ya más de dos mil años, que no son nada ante Él. La concepción del mundo ha cambiado, cambian los gobiernos y sus líderes, las potencias mundiales se suceden unas a otras en la noche de los tiempos, las sociedades evolucionan y con ellas los propios individuos, surgen nuevos valores y florecen ideas renovadoras, pero ninguna ha podido sustituir a Cristo. Su mensaje permanece perenne, candente, inmutable… siendo la Resurrección de Jesús de Nazaret el hecho más relevante y trascendente en nuestra Historia.

Os hablaba de un amor de Dios ilimitado, el fruto de la Fe es el Amor, decía Madre Teresa de Calcuta. Cristo es un derecho de cada hombre, pero no olvidéis que aquel que quiera amar a Dios deber servir antes al prójimo.

Aflora la Semana Santa con el Domingo de Ramos, en la que los niños de las catequesis, risueños y traviesos, recorren las calles de nuestro pueblo bamboleando las ramas de olivo en las manos, abanicando al viento, animados por los mayores que con ambarinas hojas de palma, tornándose altaneras, se cimbrean en ceremoniosas filas orladas por las mejores galas. Recordad a Jesús entrando en Jerusalén: pobre, descalzo y montado a lomos de un borriquillo ¿Se puede ser más humilde? Y nosotros ¿cómo somos en realidad? ¿seremos como esas palmas, que se doblan según venga el viento? ¿nos dejaremos mecer por esa brisa pasajera?

No olvidemos nuestros compromisos, no abandonemos nuestra Fe y cuanto representa. El Domingo de Ramos supone la inauguración de la Pascua, el paso de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.

Uno de estos compromisos de los que os hablaba, es estar dispuesto a afrontar el cansancio y las dificultades en nombre de Cristo. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos. Amar sin límites es estar dispuestos a amar a nuestros enemigos y rogar por los que nos persiguen ¡Qué difícil! ¿verdad? Jesús oraba en el huerto de olivos cuando llegó Judas, uno de los Doce, y con él mucha gente armada de espadas y palos… Al que yo bese, ése es, arrestadlo. Se acercó hacia él y le dijo: Buenas noches Maestro, y lo besó. ¿Cuántas veces hemos engañado a nuestros amigos, a nuestras familias, a nuestros semejantes? ¿Cuántas veces los hemos traicionado?

Fue prendido y llevado preso. Pilatos le mandó a azotar. Los soldados le quitaron los vestidos y le pusieron un manto de color rojo. Después le pusieron en la cabeza una corona que habían trenzado con espinas. Jesús amarrado a la columna, era escupido, insultado y vejado por sus guardianes. ¿Cuántas veces miramos hacia otro lado?

Cuentan que una piadosa mujer se acercó a Jesús y enjugó el sudor de su frente sin importarle el qué dirán, dando un paso al frente para ayudar al condenado, al marginado, al que nadie quería… ¿Cuántas veces callamos cómplices ante el dolor de los maltratados, de los asesinados, de los que sufren, de los olvidados…?

Un Jesús apaleado, ultrajado, flagelado… camina con la cruz a cuesta a un lugar llamado Gólgota para ser crucificado. ¿De qué te acusan, Nazareno? Nos santiguamos al verle pasar, lleno de espinas y con las gotas de sangre recorriendo su ajada espalda, y en su infinito amor nos dice: amaos unos a otros como yo os he amado. No hay reproches, no hay venganzas… sólo hay un Amor infinito, llevado hasta el extremo, entregándose sin medida.

Un Jesús agónico es clavado en el madero, la Vera Cruz será venerada, la misma que Él abrazó para cargar con nuestros pecados, si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame.

Cristo muere para salvarnos. Su madre, nuestra Virgen de los Dolores, llora desconsolada, con su corazón atravesado por una espada de dolor. La madre, como todas las madres, camina siempre detrás de su hijo… Este dolor, este sufrimiento, este tormento permanece en la agonía de los enfermos, en algunos casos solos y marginados, despreciados… ¿En verdad tendemos nuestra mano hacia todos ellos? Quisiera tener un corazón como Jesús, para perdonar al que me hiere y comprender al que sufre.

Y con ese dolor llegamos al Viernes Santo de luto. Con un Cristo postrado, muerto, donde José de Arimatea pidió a Pilatos el cuerpo de Jesús para darle sepultura. Jesús, el Salvador, el hijo de Dios estaba muerto e iba a ser enterrado, todo se había acabado, nada quedaba por hacer. Como en la vida, a veces sentimos angustiados que el fracaso nos inunda, sin fuerzas para afrontarlo, y con el horizonte oscurecido por las dudas. Pero debemos, incluso en esos momentos de zozobra, envolver nuestros corazones en la confianza, en la esperanza… Jesús nos habló y nos dijo: dentro de poco ya no me veréis, pero más tarde me volveréis a ver.

Amanece el Sábado de Gloria con una vigilia silenciosa junto al sepulcro, el altar permanece desnudo y con las luces apagadas. Una angustiada Madre, sujeta entre sus brazos el cuerpo de su Hijo muerto. La Piedad de Miguel Ángel encarna a una madre afligida envuelta en una fervorosa espera, ahíta de paz y cargada de esperanza. Jesús yace en su tumba y los Apóstoles creen que todo se acabó. Pero su madre, María, se acuerda de lo que dijo su hijo: Al tercer día resucitaré. Ese dolor, ese sufrimiento pronto se convertirá en alegría, esperanza y fe. Los Apóstoles van llegando a su lado, y Ella les consuela. ¿Consolamos nosotros a los afligidos, a los desamparados…? ¿Les abrimos las puertas de nuestra casa para cobijarlos?

Y llega el día por todos esperados, el día en el que se enciende el Cirio Pascual que representa la luz sobre las tinieblas y que permanecerá prendido hasta la Ascensión, celebrando nuestra propia liberación con la derrota del pecado y de la muerte, el desconsuelo de ayer se torna en la inmensa alegría de hoy.

Juan Pablo II nos dijo que en este día de triunfo sobre la muerte, la humanidad encuentra en Jesús la valentía de oponerse de manera solidaria a tantos males que nos afligen. Debemos asociar todos los sufrimientos humanos, las desilusiones, las humillaciones, las cruces, la dignidad violada, la vida humana no respetada… porque el hombre no puede perder jamás la esperanza en la victoria del bien sobre el mal.

Las mujeres fueron al sepulcro…Al llegar vieron que la piedra había sido quitada. Entraron y no vieron a Jesús. Un joven de ropas brillantes les dijo: no os asustéis, buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado. Por qué buscáis entre los muertos al que vive. ÉL NO ESTÁ AQUÍ, HA RESUCITADO.

¡Aleluya!

Oscar de los Reyes Murillo Caballero