Pregón de Semana Santa 2005

En la Cruz Jubilar colocada en la Sierra del Calvario allá por octubre del año 2.000 solo aparecen los signos del sufrimiento de Jesús. Se hizo aposta. Con la Resurrección, en la Cruz quedaron solo los signos de dolor, de sufrimiento y de vejaciones sufridas por El. Jesús Resucitó con toda su grandeza, y eso eslo esencial para la fe cristiana. Pero antes de su muerte Jesús, desde la Cruz,pronunció las que se conocen como las 7 palabras.

Cuando las tres cruces estuvieron en lo alto se hizo un largo silencio. No terminaban de entender lo que estaba ocurriendo. Para los amigos de Jesús, aquello era el fin del mundo. ¿Y todo iba a concluir así? ¿En esto iban a parar todas sus esperanzas? Salvo en María, la fe vacilaba en todos. Le habían oído hablar a Jesús de un triunfo final, de una resurrección. Pero no podía entrarles en la cabeza. Ellos, que habían visto levantarse a Lázaro de la tumba, no lograban imaginarse a Jesús regresándose a sí mismo desde la otra ribera de la muerte. Este era el final. Y, si era el final así, es que todo lo anterior no había sido otra cosa que un largo sueño.

Tampoco acaban de creérselo sus enemigos. La verdad es que, en el fondo, les decepcionaba que todo terminara de modo tan sencillo. Hubieran deseado un final más espectacular y brillante. Se reían de sí mismos al tener que confesarse que habían llegado a temer a este hombre. Tantas veces les había derrotado, que habían concluido por idealizarle.

¿Y Jesús? Jesús callaba. Había hablado largamente durante la cena del Jueves y camino del huerto de los olivos, para encerrarse después en un largo silencio, roto sólo por breves frases a los largo del proceso y en el camino hacia el calvario. Volvía a callar ahora, sobre la cruz. La fatiga le ahogaba y –por otro lado-- ¿qué mejor respuesta que el silencio ante las injurias.

Desde la cruz, contemplaba la muralla de su ciudad y, más cerca, la danza macabra de sus enemigos. Sus labios estaban secos de sed. Era más de la una del mediodía y el sol de primavera caía a pico sobre su cabeza. Sudaba.

La muerte se acercaba. Y Jesús comprendió que no podía perder esta hora final en la que tantas cosas importantes le faltaban por hacer y decir. Tendría que ahorrar palabras porque ya no le quedaba mucho aliento, pero las que dijera tendrían que ser verdaderamente “palabras sustanciales”, su testamento para la humanidad futura, y en las que permaneciera no sólo su pensamiento, sino su alma entera, el sentido de cuanto era y de cuanto había venido a hacer en este mundo, el último y mejor tesoro de su vida. Y de su muerte.

1ª Palabra: Padre, perdónalos que no saben lo que hacen.

Que Cristo, desde la cruz, se olvidara de sí mismo y comenzara preocupándose de sus enemigos, debió de resultar tan sorprendente a los primeros cristianos que algunas frases del Evangelio de San Lucas fueron mutiladas en algunas copias primitivas. Hoy nadie duda, sin embargo, de la autenticidad de este pasaje.

Es difícil determinar en qué momento exacto se pronunciaron estas palabras. Algunos comentaristas las sitúan en el mismo momento de ser crucificado y las refieren a los soldados romanos. Así dan un sentido presente a ese “lo que hacen”.

Pero la idea no parece muy válida. Parece, pues mucho más probable que la frase de Cristo se pronunciara más tarde, cuando, concluida la orgía de los insultos, la cima del Calvario comenzó a quedarse sola. Era la hora de la oración. Jesús, que había evitado hablar cuando le azuzaban, que había esquivado todo tipo de respuesta polémica, se volvía ahora a su gran soledad interior para hablar con su Padre.

Todo parecía temblar menos su gran certeza de que el padre le escuchaba. ¡Había enseñado tantas veces a los suyos a orar, levantando el corazón a Dios! Ahora quería aprovechar sus últimos minutos de vida para practicar lo que había enseñado.

Pero Jesús no oraba por sí mismo. Casi nunca lo había hecho en su vida. En el mismo huerto, al pedir el ser librado del cáliz del dolor, lo había condicionado a la voluntad del Padre. Ahora ya ni eso. Se había olvidado de sí mismo, hubiera podido implorar ser quitado de la cruz, o cuando menos, que la muerte llegara cuanto antes.  Hubiera podido suplicar por su madre o sus amigos a los que dejaba solos, por la continuidad de su obra que abandonaba a tan débiles manos. Hubiera podido mendigar ser comprendido por sus enemigos. Pero en su oración no había el más lejano tinte de egoísmo. Pedía, sí, por sus enemigos, pero ni siquiera que ellos le comprendieran, sino que fueran perdonados.

En realidad no hacía otra cosa que poner en práctica lo que tantas veces había predicado  “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen”.

2ª Palabra: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Las sorprendentes palabras de este hombre van han forzar a Jesús a responder. No lo ha hecho cuando el otro ladrón le insultaba. Pero ahora no puede callarse. El buen ladrón ha dirigido bien su flecha. En verdad te digo –responde Jesús—que hoy estarás conmigo en el paraíso. La respuesta no puede estar más preñada de contenidos. Se abre con un “en verdad te digo” que, para un judío, tenía todo el sentido de un juramento, de una solemne promesa. Y luego ofrece al ladrón mucho más de lo que pedía: Hoy ¡qué prontitud! Conmigo ¡qué compañía! En el paraíso ¡qué descanso!.

En rigor, Cristo en este momento no hacía otra cosa que cumplir promesas hechas mucho antes: A quien me confiese ante los hombres, le confesaré yo ante mi padre que está en los cielos.  El verdadero premio que Jesús nos promete a todos en la persona del buen ladrón no está en la palabra paraíso, sino en la palabra conmigo. Porque estar con Cristo es exactamente estar ya en el paraíso.

San pablo nos dice: Yo estimo que los sufrimientos del tiempo presente no tienen proporción con la gloria futura que se revelará en nosotros.

En aquel buen ladrón, de quien desconocemos hasta el nombre, había algo que salva: apertura de corazón, humildad, fe. Más breve: amor.

3ª Palabra: Madre  he ahí a tu hijo, hijo he ahí a tu madre.

A Jesús le falta aún hacernos el mejor de sus regalos. El, que nada tiene, desnudo sobre la cruz, posee aún algo enorme: una madre. Y se dispone a entregárnosla. A esta hora se ha alejado ya el grupo de los curiosos. Gran parte de los enemigos se han ido también. Quedan únicamente los soldados de guardia y el pequeño grupito de los fieles. Pequeño grupo. Los apóstoles han huido. El mismo Pedro, por miedo o quizá más probablemente por vergüenza de su traición, tampoco está aquí. Para bochorno de los varones el grupo está formado por mujeres, a excepción de Juan, el más joven del fornido clan de pescadores, en quien el amor ha podido más que miedos y dudas.

El centro del grupo lo constituye María, a la que acompañaban el ya citado Juan, María Cleofás y Maria  Magdalena.

Ciertamente es misteriosa la presencia de María en este momento.  Desde el punto de vista humano y sentimental era cruel haberla conducido allí. Cruel para los dos.

Aquel pequeño grupo al pie de la Cruz, aquella Iglesia naciente estaba, pues, allí por algo más que por simples razones sentimentales. Estaba unida a Jesús, pero no sólo a sus dolores, sino también a su misión.

Y, en esta Iglesia, tiene María un puesto único. Hasta entonces ese puesto y esa misión habían permanecido como en la penumbra. Ahora en la Cruz se aclararán para la eternidad .Por eso María que había permanecido hasta entonces en un segundo plano, será traída a un primer plano. Esta es la hora, este es el momento en que María ocupa su papel con pleno derecho en la obra redentora de Jesús. Y entra en la misión de su hijo con el mismo oficio que tuviera en su origen: el de Madre.

Es evidente que Jesús en la cruz hizo mucho más que preocuparse por el futuro material de su madre, dejando en manos de Juan su cuidado. La importancia del momento, el juego de las frases bastarían para descubrirnos que estamos ante una realidad más honda. Si se trata de una encomienda  solamente material sería lógico el “he ahí a tu hijo”. María se quedaba sin hijo, se le daba uno nuevo. Pero ¿porqué el “he ahí a tu madre”. Juan no sólo tenía madre, sino que estaba allí presente. ¿Para que darle una nueva?.

Es claro que se trataba de una maternidad distinta. Y también que Juan no estaba allí solamente como el hijo del Zebedeo, sino algo más..

Ya desde la antigüedad, los cristianos han visto en Juan a toda la humanidad representada y, más en concreto, a la Iglesia naciente.

Ese es el legado que Cristo concede desde la Cruz a la humanidad. Esa es la gran tarea que, a la hora de la gran verdad, se encomienda a María. Es como una segunda anunciación. Hace treinta años –ella lo recuerda bien—un ángel la invitó a entrar por la terrible puerta de la hoguera de Dios. Ahora, no ya un ángel, sino su propio hijo, le anuncia una tarea más empinada si cabe: recibir como hijos de su alma a quienes son los asesinos de su primogénito.

4ª Palabra: ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?

El crucificado estaba muy débil. La sangre no había  cesado de brotar de sus manos y sus pies. Si en algún momento el goteo se interrumpía, bastaba un nuevo movimiento, un intento de incorporarse, del crucificado, para que se iniciase de nuevo.

Pero cada vez eran menores los movimientos de  Jesús, agotado ya. Se oía únicamente el jadear de su pecho en los últimos esfuerzos por llevar un poco de aire a sus pulmones oprimidos.

En torno a la cruz había aumentado la soledad. Los últimos curiosos se habían ido entre el aburrimiento y el miedo que pudo infundirles aquel súbito oscurecimiento del sol. Quedaban sólo los soldados y el grupito de fieles, al que Jesús apenas veía ya con sus ojos borrosos de sangre y sudor.

Estaba verdaderamente sólo. Todos morimos solos, incluso cuando morimos rodeados de amor. Por mucho que el agonizante tienda su mano o

 se aferre a otra mano, sabe que allá en el interior, donde se libra el último combate, está sólo, definitivamente solo.

Jesús no quiso sustraerse a esta ley de la condición humana. Y vio su soledad multiplicada por el espanto de quien muere joven y en una cruz, odiado y despreciado y, al mismo tiempo, dramáticamente consciente de todos sus dolores.

En verdad que si hubiéramos de elegir, entre todo el evangelio una frase desconcertante por encima de todas, tendríamos que elegir ésta, que durante siglos y siglos ha conmovido a los santos y trastornado a los teólogos.

No fue una frase, sino un grito que taladra la historia. Había ya en el Calvario un gran silencio. Y fue entonces cuando Jesús hizo un esfuerzo que parecía imposible, se incorporó en la cruz, llenó de aire sus pulmones y gritó en voz alta:  ¡Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?

Gritó. ¿Por qué gritó? ¿Qué nuevo género de tormento es éste? Cristo había sudado sangre en el huerto de los olivos... sin gritar. Había soportado la flagelación...sin gritar. Había sufrido sin gritos el ver sus manos y sus pies traspasados. ¿Por qué grita ahora? ¿Por qué grita cuando ya sólo falta lo más fácil: terminar de morir?

Para que su soledad fuera más radical, ese grito suyo será interpretado en son de chanza por quienes le escuchan. Jesús probablemente había pronunciado la frase aramea con el acento regional galileo y los soldados, o porque realmente no le entendieron o porque encontraron ocasión de hacer un chiste que les pareció gracioso, interpretaron que estaba llamando a Elías. Y la cosa les resultó muy divertida. ¡A Elías llama éste!. Y coreaban la frase a grandes carcajadas, asombrados de su propio ingenio.

5ª Palabra: Tengo sed.

Esta quinta palabra debió de pronunciarse casi inmediatamente tras la cuarta y en medio de las bromas de los soldados. Jesús seguía plenamente lúcido y, quizá, prosiguiendo la recitación del salmo veintiuno, su encuentro con el versículo que describía su garganta “seca como una teja” le hizo consciente de la tremenda sed que le acosaba. Era este uno de los más terribles tormentos de los crucificados.

¿Pero no hablaba Jesús de una sed simbólica, sed de almas, sed de ser comprendido, de redención? ¿No es esta la sed de justicia a la que él mismo aludió en las bienaventuranzas? En cierto modo, sí. Jesús experimenta en estos momentos, dentro de su conciencia, el drama de ver su redención despreciada, de saber de antemano que, para muchos, todo este dolor será inútil.

Pero Jesús, habla ante todo, directamente , de su sed física. Cuenta el dolor de experimentar la lengua como una piedra seca y la garganta como el desfiladero polvoriento. Es el grito que –por hambre o por sed—ha surgido de cientos de miles de bocas antes y después de Jesús. Es su palabra mas radicalmente humana. Es la prueba definitiva de que está muriendo de una muerte verdadera, de que en la cruz hay un hombre, no un fantasma.

Y, esta vez, un poco de piedad brota de uno de los soldados. Tenían allí un jarro con una mezcla de vino agrio, vinagre y agua, para apagar su sed, tomó una esponja, la empapó en su jarro y clavándola en su lanza la acercó a la boca de Jesús.

Pero incluso este gesto compasivo sirvió de nuevas burlas. Deja –gritó uno de los soldados—veamos si viene Elías a salvarle. El soldado aceleró entonces su acto de piedad: se limitó a empujar la esponja contra los labios de Jesús, que chupó el vinagre. También con ellos se cumplía otro pasaje de los salmos: en mi sed me dieron de beber vinagre.

6ª Palabra: Todo está consumado.

Por eso ahora puede concluir que todo está cumplido. Su débil, cansada cabeza repasa todo el abanico de profecías que sobre Él se hicieron y comprueba que no queda ni una por realizar. Y, sobre el alma de Jesús, desciende la paz. Puede ya volverse serenamente hacia su padre, cuya lejanía parece definitivamente superada.

La estructura de las siete palabras que Jesús dice en la cruz no responde evidentemente , a la casualidad: las tres primeras describen la necesidad de Cristo de morir derramando luz en torno a sí. En ellas pide perdón para quienes le crucifican, abre las puertas de la salvación a uno de los crucificados con Él, entrega a los hombres el impagable regalo de su madre.

Siguen dos palabras en las que describe sus sufrimientos en esta hora: el vértigo moral de su desgarradora soledad, el sufrimiento físico de la sed.

Las dos últimas , las que preceden por pocos segundos a su muerte describen la total paz que le habita. Ahora puede regresar al diálogo sereno con su Padre, a lo que fue siempre el centro absoluto de su vida.

No piensa en su muerte como la realización de sí mismo. ¿Qué podía añadirse a si mismo quien era Dios? Lo decisivo para Él es que esa muerte es la cima de la realización de la voluntad de su Padre. Para eso a venido al mundo. ¡Lo había dicho tantas veces! Yo he bajado del cielo para hacer, no mi voluntad, sino la de aquel que me ha enviado. Yo busco, no mi voluntad, sino la del que me envía. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.

De un hombre que muere joven, a los 33 años, decimos hoy  que es un ser malogrado. No tuvo  tiempo, lamentamos, de completar su destino. Pero 33 años, y aún menos, son tiempo sobrado para la madurez, para la plenitud. Sólo muere malogrado quien muere inmaduro, aquel a quien la muerte le sorprende con la vida vacía.

La de Jesús es una vida llena. No precisaba de un día más. Todo estaba consumado, todo cumplido.

7ª Palabra: En tus manos encomiendo mi Espíritu.

Sí, ya sólo faltaba morir, despedirse del mundo, encomendarse al Padre, morir. Es muy sencillo.

El hombre teme la muerte. Se pasa su vida huyendo de ella. Sentimos una ráfaga de terror cuando sacude con su látigo a alguien de los nuestros. Y, sin embargo, es tan sencillo. Para el que cree en Dios, morir no es nada trágico, no es saltar en el vacío, ni entrar en la noche. Creemos que morimos, que perdemos la vida. En realidad es sólo que ponemos la cabeza en su sitio, en las manos del padre.

Cae la vida, caen las hojas, todos caemos. Pero alguien recoge estas caídas en sus enormes manos.

 Las manos de Dios son salvación. No están hechas para condenar, sino para salvar. Las manos de Dios son resurrección. El no es Dios de muertos, sino de vivos. El no sabe dar muerte, sino vida. Como Cristo.

Por eso ahora Jesús muere tranquilo: sabe bien dónde pone su cabeza. Acabó su combate, es hora de descansar.

Pero levanta aún una última mirada. Frente a Él, la ciudad por la que ha llorado, los hombres por los que muere, la tierra por la que ha caminado. Ama este mundo. Lo ama porque Él lo hizo. El colgó ese sol en la altura; el trazó los ríos y los mares; Él inventó este aire que ahora falta en sus pulmones. Él dibujó este cuerpo de los hombres. Y ahora se va. Y le duele casi. Porque ahora sabe de veras que todo estaba bien hecho. Se ha sentido a gusto siendo hombre, se ha “contagiado” de hombre. A pesar de todo.

Más ya no tiene fuerzas. Su cabeza desciende. Aún hay estertores en su pecho que se defiende de la muerte. Una gota de sangre, sacudida, rueda desde la frente a la mejilla, de la mejilla al suelo, suena en el silencio de la tarde. Muere. Ha muerto.

Recordad, en la Cruz Jubilar instalada en la Sierra del Calvario no está Jesús, si están los signos que le hicieron sufrir. Jesús puso su cabeza en su sitio, en las manos del Padre.