Escrito de D. Santiago García Aracil (Arzobispo de Mérida-Badajoz) a las cofradías de la provincia de Badajoz

SIN ESPERANZA NO HAY ALEGRÍA

El Papa Benedicto XVI, en su reciente y última encíclica "Spe salvi", nos invita a reflexionar acerca de la esperanza como fundamento de todo esfuerzo por vivir y por alcanzar la libertad y la alegría. La decisión ilusionada, capaz de mantener el empeño continuado en la lucha por alcanzar la libertad verdadera y por vivir con auténtica alegría es imposible sin la esperanza.

Pero no basta cualquier esperanza. No bastan las esperanzas a corto plazo y que se agotan en la consecución de un objetivo cercano, pequeño y atractivo, pero parcial y pasajero. La esperanza, que puede animar la existencia del hombre y de la mujer conscientes de su condición limitada y trascendente a la vez, y conocedores de su dignidad indestructible por la que el espíritu tiende hacia el infinito, hacia la inmortalidad y hacia la felicidad, no puede basarse en pequeños alicientes o en promesas terrenas y caducas. Estas promesas necesariamente serán siempre inciertas porque dependen de circunstancias diversas e incontrolables.

La esperanza que invita a vivir con ansias de plenitud, y que mantiene el estímulo para superar con gozo las dificultades y contratiempos, es la esperanza que nos permite entender con certeza el buen final de toda lucha bien encauzada. Y esa esperanza no se funda solamente en una promesa, sino en hechos que garantizan su cumplimiento. Por eso dice el Papa: "Solo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente" (S.salvi, 2).

¿Qué promesa está suficientemente avalada, y qué hechos ciertos la respaldan como para fundamentar una esperanza que no sea ilusoria? Y ¿en qué bienes nos invita a confiar esa esperanza que consideramos cierta?

La sabiduría multisecular del pueblo nos ha transmitido un principio muy válido para acertar en lo que merece nuestra confianza. Dice así: "Obras son amores y no buenas razones". Si esto es verdad, la sensatez nos ha de llevar a no poner nuestra esperanza en algo que no esté respaldado por hechos capaces de asegurar lo prometido o lo anunciado.

La promesa que abre nuestro corazón a la ilusión y a la esperanza cierta es la que nos ha hecho Jesucristo reiteradamente y de formas diversas coincidentes en el fondo. Estas son algunas de sus expresiones: "Yo he venido, para que tengan vida y la tengan en abundancia "(Jn. 10, 10); "Padre, quiero que donde esté yo estén también ellos conmigo" (Jn. 17, 24); "No tengáis miedo, yo he vencido al mundo" (Jn. 16, 33); "Voy a prepararon un lugar" (Jn. 14, 2); "En eso consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo único como víctima de expiación por nuestros pecados "(1Jn. 4, 10); "Hoy estarás conmigo en el Paraíso " (Le. 23, 43), dijo al ladrón que se arrepintió en su último momento de vida.

Con todas esas promesas Jesucristo deja bien claro que estarnos llamados por Dios a compartir con él esa felicidad tan ansiada y que es imposible conseguir con el simple disfrute de los bienes pasajeros que tanto nos atraen muchas veces.

Pero podríamos insistir preguntándonos quién es Jesucristo para hacernos esa promesa y garantizarnos con suficiente autoridad su cumplimiento.

Jesucristo ha dicho de sí mismo: "Yo y el Padre somos uno" (Jn. 10, 30); "El que me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn. 14, 9). Por tanto, Jesucristo ha dado muestras más que suficientes de que podía prometernos la vida y la felicidad que sólo Dios posee plenamente, y la participación en la alegría indestructible e imperecedera que Él disfruta siempre como Dios que es.

Jesucristo, estando nosotros separados de Dios por el pecado de Adán y Eva y por nuestros pecados personales, se hizo cargo de nuestra deuda para con Dios y vino para salvarnos. Nació de las purísimas entrañas de la Virgen María, nos mostró el camino de la verdad y de la vida con su predicación y con su ejemplo, cargó con el sufrimiento que merecían nuestros pecados, murió en la cruz para destruir nuestra muerte, y resucitó al tercer día dando así claras muestra de su divinidad y, por tanto, de la veracidad de sus promesas. Por eso, nosotros asumimos con verdadera esperanza sus palabras: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás" (Jn. 11,25).

Queridos cofrades y demás lectores de estas páginas: es necesario que avivemos nuestra esperanza en la promesa de Jesucristo, garantizada con su palabra y con su testimonio personal. La Iglesia nos la transmite y nos invita a gozarla ya, como en un pequeño adelanto, mediante la transmisión del santo Evangelio y mediante la participación en la vida de Dios que recibimos por los Sacramentos.

Por todo ello nos dice el Papa Benedicto XVI: "La verdadera, la gran esperanza del hombre, que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando "(S. Salvi, 27). Esto creyó la santísima Virgen a quien honráis en vuestras Cofradías y Hermandades. Esto creyeron los santos cuyo patrocinio proclamáis e invocáis también en la Cofradías y Hermandades patronales; y esto es lo que constituye el centro de la Semana Santa en cuya celebración nos unimos todos y en cuyas procesiones ponéis tanta ilusión y esfuerzo.

Cultivad, pues la verdadera esperanza cristiana. Sed verdaderos y esforzados apóstoles de la esperanza que nos ha traído el Señor.

Este es mi deseo para todos vosotros, queridos cofrades. Con mi bendición pastoral.

Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz